
Un terreno metido en la montaña, donde el sol pega fuerte y la lluvia llega sin aviso. Los aleros, grandes, responden directamente a eso: protegen sin ceder terreno al clima.
La casa se resuelve en dos lógicas distintas. El primer piso, en concreto y ladrillo, es la base sólida que se planta en la tierra. El segundo piso es más liviano — su estructura y su tejido hacen honor a las construcciones tradicionales del Chocó.

En una hacienda de campo, un espacio de piscina y jacuzzi en desuso. Ochenta metros que dialogan con lo existente, sin romper con la casa que ya estaba — para que la finca vuelva a habitarse como antes

Una casa compacta que se adapta al lugar con materiales locales y un sistema constructivo tipo bahareque de madera. Mira al norte —en el hemisferio sur, la cara del sol— para capturar luz durante todo el año.
Las fachadas son negras por decisión y por método. Usamos Yakisugi, una técnica ancestral japonesa que carboniza la capa superficial de la madera. El fuego, en lugar de gastarla, la protege: de la intemperie, la humedad, los hongos y las plagas. Sin una sola capa de pintura.
Una casa compacta no es una casa pequeña. Es una casa sin nada de más.

Las Margaritas, en el filo de una montaña. Una casa de campo para una familia numerosa, donde el paisaje entra por todos lados.
La casa vive en dos tiempos. El social, que se abre y reúne: patio de recibo, salón, cocina, bar y cava. El privado, que se recoge: las habitaciones, con la principal mirando al valle desde su terraza.
Entre los dos, un punto que conecta el adentro con el afuera —piscina, jacuzzi, pérgola—. Donde la casa deja de tener paredes.
Quinientos metros que no se sienten como tamaño, sino como holgura.

Un hotel en la ladera de una montaña, donde el terreno no se aplana: se habita.
La idea es simple. A un hotel se va por una experiencia, no por una habitación. Así que el recorrido es el proyecto. Desde que se llega hasta que se entra a dormir, cada paso está pensado para que el visitante atraviese el lugar, no solo lo ocupe.
Por eso el hotel se reparte en la pendiente. Las zonas sociales abajo, donde el terreno se asienta. Las habitaciones más arriba, repartidas entre la vegetación, cada una con su vista. Muros de piedra arman las terrazas y sostienen la montaña, sin pelearse con ella.
En el centro, una graderría que es punto de encuentro y anfiteatro. Y, enterrado en la ladera, un spa que se abre al cielo: adentro, agua y vapor; arriba, las estrellas.